Historia islámica de la zona del Moncayo

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Contenido extraído parcialmente de la web de Torrellas  (http://www.dpz.es/provin/webs/torrellas/novedades.html)

por María José Cervera. Universidad de Zaragoza.
 

En el año 711 los musulmanes comenzaron la expansión territorial del Islam por la Península Ibérica (a la que llamarían Alandalús) desde el norte de Africa. Hacia el 714, conquistaban Zaragoza y demás ciudades de la región sin apenas resistencia. Comenzaba así el periodo islámico de la cuenca del Ebro que iba a durar en muchos lugares hasta el 1614. En esos nueve siglos de presencia del Islam se distinguen dos periodos bien diferenciados: en los cuatro primeros, el poder político en el valle del Ebro fue islámico; durante los cinco siguientes siguió habiendo población musulmana pero bajo dominio político cristiano.

 Al paralizarse el avance del Islam más allá de los Pirineos, la cuenca del Ebro quedó constituida en la Marca Superior de Alandalús, es decir, la zona fronteriza septentrional del imperio islámico frente al cristiano franco. El  territorio de esta Marca comprendía desde el Mediterráneo hasta la línea que une las cabeceras del Duero y el Tajo; su capital era Zaragoza y estaba dividido en varios distritos estructurados en torno a una ciudad. La parte occidental estaría organizada y controlada en los primeros años por Tarazona (Tarasuna), pues ésta era una de las pocas ciudades-sedes episcopales que en el momento de la conquista islámica existían en el valle del Ebro. Pero, a principios del s. IX, el emir cordobés Alhakam I dio a su gobernador Amrús la orden de fundar Tudela, que desde entonces sería el centro administrativo y político del distrito que lleva su nombre.

Así, Tarazona fue desplazada por Tudela como cabecera de la jurisdicción que comprendía la Rioja, la ribera de Álava y Navarra, el valle del Queiles y parte de la actual provincia de Soria.

El geógrafo árabe Arrazí destaca la fertilidad de todo el distrito, especialmente en la producción de cereales, pastos (y, por lo tanto, ganadería) y frutas. Dice, también, que sus aguas van a parar al Ebro y habla explícitamente del río Queiles (Kalis) También Alhimyari habla de las ricas y fértiles tierras del distrito que reciben a muchos emigrantes.

Durante la primera mitad del s. VIII la hostilidad entre distintos grupos de árabes por conseguir el poder político en Alandalús se notó también en la zona fronteriza. Cuando en el 756 Abderrahmán I se proclamó emir de Alandalús, independizándose de hecho del califato de Bagdad, llevó a cabo varias acciones para conseguir un control efectivo de su reino, una de las primeras en la Marca Superior fue nombrar gobernador de Tarazona, Huesca y Tortosa a un fiel ayudante suyo, Tammam ben Allajmí en 764. Pero, durante el resto del siglo siguieron produciéndose alzamientos de señores locales árabes contra los sucesivos emires cordobeses. Éstos, en varias ocasiones se sirvieron de muladíes (autóctonos conversos al Islam o descendientes de éstos) para contrarrestar a los rebeldes. Así, los muladíes fueron aumentando su poder y luego, durante el s. IX, serían ellos los que se enfrentaran al poder central omeya.

En la zona occidental de la Marca fue la familia muladí Banú Qasí la que protagonizó esta parte de la historia. Eran descendientes de un jefe local hispanogodo o hispanorromano, llamado Casio, que controlaba el territorio comprendido entre Ejea y Tarazona y que se convirtió al Islam en los primeros momentos que siguieron a la conquista, manteniendo así su autoridad en la zona y afianzándola desde fines del s. VIII; primero en actos de lealtad al emir de Córdoba, luego rebelándose contra él y en pugna con otra familia muladí originaria de Huesca. Durante todo el s. IX se sucedieron los periodos de buenas relaciones con la autoridad cordobesa con los alzamientos que provocaron expediciones emirales de castigo. Hasta mediados de siglo los Banú Qasí, desde sus dominios de Tudela, Tarazona, Borja y Ejea, se aliaron con los Iñigo de Pamplona, con quienes tenían estrechos lazos familiares, y juntos lograron mantenerse en cierta medida independientes de los dos poderes aglutinantes del momento: los carolingios de Francia y los omeyas de Córdoba. Al mediar el siglo hubo un cambio de personajes políticos y de tendencias: Pamplona se orientó más hacia la órbita cristiana de Asturias, mientras los Banú Qasí iniciaban una fructífera década de colaboración con Córdoba. Es la época del gran Musa ben Qasí, que se llamó “el tercer rey de España”. En el 843 fue nombrado gobernador de Arnedo y, tras algunos alzamientos contra el emir, en 852 señor de Tudela y poco después de Zaragoza y, por tanto, de toda la Marca. Además de su dominio directo, sus relaciones e influencias llegaban lejos. Pero hacia el 860 comenzó el declive de esta familia: volvieron a alzarse contra Córdoba, lo que provocó sucesivas campañas emirales de castigo, en la del 879 el emir Muhammad I mandó atacar Tarazona y otras ciudades de la zona. Además, pronto surgieron las discordias internas y el emir recurrió a una familia de origen árabe asentada desde los tiempos de la conquista en tierras de Daroca y Calatayud, los Tuyibíes, que a finales de siglo sustituirían a los Banú Qasí en el control de la Marca Superior.

Abderrahmán III accedió al emirato en 912 y se proclamó califa (máxima autoridad en el Islam) en 929. Una de sus principales preocupaciones fue conseguir el dominio efectivo de todo Alandalús. Con este fin llevó a cabo varias campañas militares dirigidas por él mismo en la Marca: algunas contra los cristianos del norte, otras contra señores locales rebeldes, hasta que consiguió dejar toda la frontera controlada.

Con los siguientes califas y Almanzor, el chambelán que ejerció realmente el poder con el tercero de ellos, los Tuyibíes siguieron acrecentando su autoridad en la Marca Superior, de forma que, al fraccionarse el califato de Córdoba en más de veinte reinos de taifas, el de Zaragoza fue regido por esta dinastía hasta 1038. En ese momento fueron sustituidos por otra familia de origen árabe que también había entrado en Alandalús con la conquista del s. VIII, los Banú Hud.

Desde el punto de vista cultural y artístico, el valle del Ebro vivió uno de sus periodos más florecientes durante la taifa. Sin embargo, en lo político el reino de Zaragoza, como los demás reinos islámicos peninsulares, sufrió una serie de querellas internas por el poder que lo debilitó seriamente, frente a los cada vez más potentes reinos cristianos, a quienes los reyes de taifas pagaban altas parias a cambio, unas veces, de la paz y otras, de su apoyo militar. La dependencia de los reyes de taifas respecto de sus vecinos cristianos provocó que en la segunda mitad del s. XI los ejércitos almorávides cruzaran el Estrecho de Gibraltar y los fueran deponiendo a todos, excepto al de Zaragoza, quien de momento se mantuvo independiente entre dos frentes: el reino cristiano de Aragón y el imperio almorávide. En 1110 los propios habitantes de la ciudad solicitaron la ayuda de los almorávides y bajo su dominio permaneció durante ocho años.

En 1118 el rey aragonés Alfonso I puso sitio a Zaragoza. El socorro almorávide logró entrar desde Tarazona, pero sólo permitió soportar el asedio unos meses: en diciembre Alfonso tomó posesión de la capital. Desde allí se dirigió contra Tudela, donde había tropas almorávides. En 1119 tomó Tudela, Tarazona y la zona del Moncayo y en 1120 repobló Soria. Asegurada esta parte occidental, siguió ya imparable por otros frentes.

Acababa así el dominio político del Islam en estas tierras, pero no su presencia social ni cultural. La gran actividad cultural árabe que vivieron las ciudades del valle del Ebro durante su etapa islámica influyó en la cultura europea, primero mediante las constantes relaciones en la zona fronteriza y, luego, a través de las traducciones y comentarios de obras árabes. Así, por ejemplo, pocos años después de la conquista de Tarazona y restablecida su sede episcopal, su obispo Miguel encargó a Hugo de Santalla la traducción de una decena de obras científicas árabes.

Al producirse la conquista cristiana las clases dirigentes musulmanas emigraron a zonas que seguían siendo islámicas, pero la mayor parte de la población musulmana permaneció allí donde estaban, acatando la autoridad política cristiana. Son las gentes que llamamos mudéjares y que fueron la mayoría de la población de muchos pueblos aragoneses,[...]. Las condiciones de la permanencia se pactaron en las capitulaciones: en general, estos musulmanes podían conservar su religión, su organización, leyes y autoridades jurídico-religiosas internas a cambio de someterse al poder del rey cristiano y pagarle un determinado impuesto.

En su actividad profesional, buena parte de los mudéjares que habitaban áreas rurales se dedicaban a labores agrícolas, pero también a oficios relacionados con la construcción, la decoración y la artesanía en general. [...]

Pero la situación inicial de libertades se fue recortando hasta el punto de que, en 1501, los Reyes Católicos promulgaron el decreto de conversión forzosa al cristianismo de los mudéjares del reino de Castilla; dicho decreto se aplicó en Aragón en 1526. A partir de ese momento termina oficialmente la presencia islámica en tierras aragonesas: los musulmanes (mudéjares) pasan a ser cristianos nuevos (moriscos). No obstante, la conversión fue impuesta pero los moriscos siguieron considerándose cultural y religiosamente musulmanes. Pese a la amenaza de la Inquisición, mantuvieron, con disimulo o como pudieron, sus ritos y sus escritos árabes que definían su identidad cultural. A partir del decreto de conversión, tenían prohibido tener libros árabes; sin embargo, los conservaron hasta el último momento y, entonces, los escondieron en las paredes y techos de sus casas. Libros y papeles que recientemente aparecen al ser derribado su escondrijo en múltiples pueblos aragoneses, como en algunos de la zona del Moncayo: Torrellas, Tórtoles, Tarazona y Novallas. De estos escritos, los hay en lengua y grafía árabe y otros en lengua romance y grafía árabe (aljamiado).

El fracaso de su asimilación a la cultura y religión cristiana, hizo que en 1610 Felipe III decretara la expulsión definitiva de todos los moriscos de España. El decreto real preveía la posibilidad de quedarse a los que “notoriamente fueren buenos cristianos”. A este respecto, el obispo de Tarazona solicitó informe a los párrocos de los lugares poblados por moriscos. Ni el de Tórtoles ni el de Novallas ni el de Santa Cruz encontraron en sus poblaciones uno solo que viviera como buen cristiano. El de Torrellas dio seis nombres (la mayoría de la misma familia) que podían librarse de la expulsión por esa causa. Una cifra escasa en relación con los más de dos millares de moriscos que habitaban el pueblo. Además, la principal razón de ser considerados buenos cristianos era precisamente el no tener trato con otros moriscos. La salida se prolongó hasta 1614. El alto porcentaje de moriscos que poblaban algunas localidades de la vega del Queiles en el momento de la expulsión las dejó casi vacías. [...]